LA ARQUEOLOGÍA DEL PAISAJE. NECESIDAD DE UN DEBATE
Antonio Malpica Cuello. Universidad de Granada
Si hacer arqueología del paisaje es explicar los asentamientos humanos en su contexto espacial y en relación con su medio, hay que pensar de manera inmediata en definir lo que entendemos por paisaje. A continuación, debemos señalar que tal concepto lleva en sí el de evolución, pues si lo aplicamos para su inserción en el debate propuesto al término «arqueología», necesariamente reconocemos que el paisaje se ha ido transformando a lo largo del tiempo y, asimismo, ha ido dejando restos de esos cambios. O sea, por decirlo de otro modo, existen unos fundamentos que configuran los paisajes, según sean los elementos que los integren y sus diferentes combinaciones, porque siempre hemos de hablar de varios, no de uno solo.
Ocurre que percibimos un único paisaje según los casos y se trata, sin embargo, de un integración de diferentes depósitos, que consideramos arqueológicos, pero que no están dispuestos de forma estratigráfica, salvo en el caso de que vayamos directamente a un yacimiento, resultado de un asentamiento ya abandonado.
De esta manera, establecer cronologías no es tarea fácil. Y sin cronologías, por muy amplias que sean, la arqueología disminuye en su valor científico, pues a veces, queda reducida a aspectos antropológicos, que no es poco, pero no es suficiente para nuestro interés; no es suficiente para todos los que consideramos que la arqueología, en el presente caso la del paisaje, tiene que tener una consistencia histórica de primera magnitud.
Estamos convencidos de eso porque entendemos que la historia debe partir de un concepto básico, con frecuencia olvidado, el de «materialidad». Es así como pensamos que los procesos de producción, variables a lo largo de la historia, arrancan de la transformación de la naturaleza en beneficio de la sociedad que los genera. Podemos decir, por tanto, que los procesos de trabajo, la actividad económica, se debe de singularizar como una acción social que se mide también en un proceso de intercambio de energía con la naturaleza
. Eso significa una intervención en primera instancia sobre el «medio natural» o «medio físico», lo que quiere decir que éste se modifica y se convierte en lo que denominamos «medio geográfico». El reflejo exterior de ese último es el «paisaje».
Ahora bien, esta acción humana no afecta por igual a todos los elementos que configuran ese medio, por la sencilla razón de que algunos de ellos se han formado de tal manera que no pueden determinarse o quedar determinados a escala humana. Se aprecia claramente en los componentes que lo integran
.
En primer lugar, hay que hablar de las fuerzas físicas que forman continentes y mares, modelan el relieve y asimismo dan lugar a los ciclos geoquímicos y a las transferencias de energía por la hidrosfera y la atmósfera en los procesos climáticos. Éste es el escenario en el que están como actores los seres vivos, que se han ido adaptando al medio ambiente y lo han ido también conformando en las medidas de sus posibilidades. Hace más de 3.000 millones de años que aparecieron sobre el planeta. De entre los seres vivos son los seres humanos los protagonistas más importantes, porque pueden acumular experiencias y relacionarse socialmente, modificando el medio físico y adaptándolo a sus intereses.
De ese modo, los elementos que no se pueden modificar de manera clara e inmediata (la atmósfera, el relieve, etc.) se combinan con aquellos otros en los que la acción humana es importante y más o menos directa. Según lo dicho y volviendo a referirnos de nuevo al tema de la cronología, el resultado que vemos, el paisaje, no puede estar estratificado de la misma manera que un yacimiento arqueológico.
Por otra parte, la acción de los hombres puede ser o no acumulativa, pues ejerce una fuerza directa sobre el medio de diferente intensidad, existiendo transformaciones que incluso pueden llegar a borrar toda huella del pasado
. Es fácil sostener esta noción para los tiempos actuales, porque la capacidad de modificar que tienen las sociedades contemporáneas es bien conocida. Hay que tener en cuenta su enorme desarrollo tecnológico, que se comprueba día a día. Con frecuencia esa capacidad supone anular los vestigios del pasado, incluidos, por supuesto, los yacimientos arqueológicos. Pero, en sociedades del pasado se han producido cambios notables que han modificado el medio y lo han hecho ser distinto, con pocas posibilidades de reconocer el que había antes
.
Así pues, los procesos de intervención de las sociedades humanas en el medio físico son siempre de transformación, en uno u otro sentido, con mayor o menor intensidad, incluso de cambio radical. El hombre se inserta en un ecosistema y debe ser considerado dentro del mismo. El problema está en determinar cuándo supone una transformación radical, que en ciertos casos llega a producir un colapso.
No obstante, por mucho que tengamos en cuenta esa acción prolongada y acumulativa, sin que sea posible determinarla cronológicamente en primera instancia, salvo a muy grande escala, cabe la posibilidad de establecer una técnica de trabajo y una metodología que pongan de manifiesto cuestiones que han de ser consideradas fundamentales en el debate histórico y, por tanto, arqueológico.
Entendemos que, partiendo del examen del paisaje, nuestra pretensión es integrar los asentamientos, en muchos casos sólo yacimientos, en su contexto y establecer (y, por qué no, explicar) su creación, cambio y final, intentando reconocer la relación que tenían con el medio en cada caso.
Luego, tenemos que acudir a varias disciplinas que integramos en lo que denominamos «arqueología del paisaje». Ante todo a la arqueología propiamente dicha, en su sentido más clásico del término, es decir, estudiando los restos materiales del pasado. Y en tal caso, ampliamos la noción y consideramos que el paisaje es un vestigio del pasado dispuesto y organizado de manera distinta a los restos arquitectónicos, los artefactos, etc. El fin primero, que no último ni siquiera definitivo, es el examen de los asentamientos. Son las huellas más reconocibles para un arqueólogo, sobre todo cuando pasan a ser yacimientos. La relación entre los establecimientos humanos es distinta según cada época, con una jerarquización, o no, de ellos. Igual ocurre con el medio geográfico en el que se hallaban o se hallan.
No vamos a entrar en profundidad en tales cuestiones. Hay una copiosa bibliografía que nos ahorra la discusión
. Más que entrar en el tema del paisaje propiamente dicho parece más oportuno recoger algunos planteamientos de lo que significa y cómo se debe entender la llamada «arqueología del paisaje». Antes de hacerlo, repitamos lo que hemos dicho ya en otros trabajos
. Es preferible este término a otros que la definen por algunos de sus métodos o por un parcial conocimiento de la realidad. De este modo, llamarla «arqueología extensiva»
es determinar, pese a que explícitamente se diga lo contrario, el conjunto de conocimientos que se extrae por medio de una práctica principal y no sólo por ella. Ciertamente, la «arqueología extensiva» no es real. Su aplicación, de acuerdo con el adjetivo utilizado, es en extensión más que de manera intensiva. La práctica surge de la aplicación de forma principal, aunque no exclusiva, de la prospección y se fija casi exclusivamente en los asentamientos. A lo sumo, los jerarquiza. Pero la práctica más corriente lleva a diferenciar entre unos y otros, medidos incluso de manera distinta en cuanto a la intensidad con que son estudiados. Puede deberse quizás al grado de preservación de unos u otros, aunque dependa de la dimensión y densidad que puedan tener. Tenemos, pues, que esa «arqueología extensiva» significa más a unos que a otros. Por otra parte, se defiende combinar la prospección con la propia excavación, pero ésta, como es natural, queda reducida a casos muy concretos y reducidos. Es cierto que quienes la han preconizado llaman para su concurso a otras materias, siendo su objetivo último conocer los territorios. El término «territorio» tiene un significado político-jurídico, porque se refiere siempre a un espacio determinado por el poder para ejercer un mejor control. Si bien, se refiere a una realidad física no insiste en ella, dada su invariabilidad histórica, que es mucho mayor que la del paisaje. El interés primordial se centra en los asentamientos y de forma muy especial en los yacimientos.
Su evaluación es esencial para la que se ha dado en llamar «arqueología espacial»
. El espacio es un concepto (y una realidad) consustancial con la vida, y su determinación histórica va más allá del marco físico. No obstante, es sabido que su práctica y primeras formulaciones parten de la necesidad de señalar las relaciones del hombre con los recursos. La verdad es que se puede decir que son claramente históricas, como también es la consideración de los recursos. La variabilidad es notable a lo largo de la historia
. En los tiempos actuales, por ejemplo, es más importante el petróleo que la madera como fuente de energía; hace no mucho era desconocido el primero y se utilizaba casi en exclusiva la segunda.
La práctica de esta arqueología consistiría, pues, en determinar el valor de cada recurso y su jerarquía en las necesidades sociales de cada momento. Esta valoración no es fácil de hacer partiendo, como se hace, de la realidad física presente. Las variaciones de tales recursos dependen, además, de otros factores, como son las vías de comunicación y los medios de transporte, por poner dos ejemplos bien comprensibles.
En definitiva, esta «arqueología espacial» establece unos parámetros determinados, a veces sin tener en cuenta la globalidad del medio.
Dentro de esta línea de captación de recursos, ha adquirido una especificidad la nombrada como «arqueología hidráulica»
. Estimulante en su fase inicial, cuando comenzó a revindicar con toda razón la necesidad de atender a los procesos de trabajo y no siempre a las áreas de residencia, precisa integrarse en un conjunto más denso, complejo y rico, que muy bien podría venir abarcado por el concepto de «arqueología del paisaje».
Sus principios elementales han sido enunciados, pero es obligado desarrollarlos. Se nos permitirá, sin embargo, antes de recoger los que planteó G. Barker
, definir, aunque sea de manera breve, lo que se entiende por paisaje.
El paisaje es ante todo, aunque no exclusivamente, lo que se ve, una realidad vista por observadores. Es, por tanto, una compleja experiencia vista, o, mejor dicho, sensorial. Difiere si quienes lo observan son productores o consumidores de él
. Podríamos añadir que, además, es un fenómeno total, un sistema, cuyo equilibrio es fruto de cambios incesantes. Así pues, no se puede analizar como un estado fijo, sino como un movimiento
. Pero eso no impide dar una definición. Hemos elegido la que nos da Enric Tello:
El paisaje es una construcción humana. Llamamos paisaje al aspecto de un territorio. El paisaje existe en la medida que alguien lo mira y lo interpreta para desarrollar algún propósito (económico, estético, lúdico, etc.). No existiría sin la mediación del ojo, la mente y la mano. Como marco de la actividad humana y escenario de su vida social el paisaje agrario, y los paisajes humanos en general, son una construcción histórica resultante de la interacción entre los factores bióticos y abióticos del medio natural, los usos de esas capacidades para sustentar el metabolismo económico de las sociedades humanas, y los impactos duraderos de esa intervención antrópica sobre el medio. Es el trabajo humano el que crea los paisajes, al modificar la sucesión natural y mantener estados antrópicos intermedios convenientes y previsibles para los seres humanos. El paisaje es un algoritmo socioecológico. Sin intervención antrópica ni fines humanos no habría paisaje. Sólo ecosistemas
.
Así es, el paisaje no es fruto de la acción de las fuerzas físicas, sino de la intervención en ellas de las sociedades humanas, por lo que no se puede hablar de ecosistemas.
La complejidad del concepto que hemos puesto de relieve obliga a realizar un debate también complejo. En principio, no disponemos de una definición que sea precisa del término. Graeme Barker lo ha puesto de manifiesto:
Non c’è una definizione accettata di archeologia del paesaggio, ma penso che per la maggioranza degli archeologi il termine abbia assunto il significato di studio archeologico del rapporto tra le persone e l’ambiente in cui abitavano
.
Puede parecernos una definición demasiado elemental, pero lo cierto es que es más que suficiente para operar conceptualmente con ella. Asimismo, se derivan cuestiones metodológicas de importancia. El mismo Barker lo ha señalado:
Lo studio del paesaggio archeologico abbraccia oggi una gamma molto ampia di tecniche, alcune specificamente archeologiche, altre prese in prestito o adattate dalla geografia umana e fisica, come per esempio la fotografia aerea e, più recentemente, il rilevamento a distanza via satellite; lo Studio dei sistemi di insediamento per mezzo di ricognizioni in superficie e lo Studio dei monumenti esistenti nella campagna: lo studio della località, l’analisi del «catchment» di singoli sitti e l’analisi spaziale di reti di siti, la ricostruzione paleoambientale attraverso l’analisi delle polline, la geomorfologia ed altre scienze della Terra. Inoltre, lo studio di un paessaggio dell’antichità per essere completo deve anche comprendere normali scavi e l’analisi di tutti i dati ottenuti, sia biologici sia dei manufatti e, per quanto riguarda i periodi storici, l’integrazione dell’archeologia con le ricerche documentarie
.
Según esa definición todo le interesa y, por consiguiente, eso es un problema. Hay que establecer una cierta jerarquía en las materias que se precisan y en la organización global del conocimiento. Por tanto, las múltiples técnicas que se mencionan tienen que estar al servicio del conocimiento histórico, que surge en este caso del estudio de los restos materiales del pasado insertos en el paisaje, hasta el punto de conformarlo.
No se debe de atender a una acumulación de datos de tal o cual paisaje, sino a su análisis desde una perspectiva histórica. El paisaje, sin embargo, como es sabido, es un sistema complejo y sometido a cambios constantes. De ese modo, conocer las huellas de un pasado (determinado o no) en él obliga a una aproximación multidisciplinar y a una perspectiva diacrónica, que no quiere decir que se acumulen sólo los datos. Por terminar con las citas de Graeme Barker, hemos de recoger esta última afirmación suya que pone de manifiesto tal idea:
Le due fondamentali esigenze dell’archeologia del paesaggio sono probabilmente la prospettiva diacronica, o che copre periodi diversi, e l’approccio eclettico e plurisdiciplinare
.
Hemos hablado de la dificultad de analizar los paisajes desde una perspectiva histórica, por la falta de una estratificación de los mismos. El estudio del paisaje significa hacerlo desde una concepción que permita no sólo reconocer los diferentes paisajes, sino también sus transformaciones y pervivencias. Es obligatorio, pues, acudir al método progresivo y al regresivo, esenciales ambos para determinar lo que es un paisaje
.
