MARCO GEOGRÁFICO


Mapa. La costa granadina a fines de la Edad media
El estado previo de conocimientos acerca de la costa granadina, procedente del análisis de la  documentación escrita de época castellana, permitía una aproximación a las formas de poblamiento de la etapa precedente, la nazarí. Sin embargo, del estudio de la mismas fuentes escritas se infería que la actuación de los castellanos había dado lugar a toda una serie de transformaciones que comenzaban a desdibujar e incluso ocultar la organización del poblamiento precedente. Además, el carácter selectivo de esta documentación no dejaba ver con suficiente precisión la existencia de elementos primordiales en la estructura del poblamiento andalusí, que no lo eran tanto para la que se estaba implantando. El proceso de aculturación fue muy intenso y ocasionó éste y otros problemas. En efecto, en las formas de organizar el territorio en las etapas finales del mundo andalusí, se incluía el de los orígenes de éste. Las referencias escritas de época islámica resultaban insuficientes. Por eso, una de las cuestiones a las que desde un principio se necesitaba dar una respuesta, era explicar el poblamiento medieval y su relación y diferencias con el de épocas precedentes, sobre todo, como es lógico, la inmediatamente anterior, la romana. Se pretendía comprender los distintos modelos de organización de la estructura de poblamiento y conocer los cambios habidos de unas a otras épocas. Así, la Arqueología en sentido amplio era imprescindible; sin  ella, sólo se podían conocer elementos aislados de un proceso complejo, en el que aparecían a través de las fuentes escritas especialmente los momentos de conflicto de las poblaciones con el Estado.



Cala de la Rijana
La definición física de la costa es el punto de partida obligado. Limitada por la cadena  montañosa que la cierra al N, se abre al mar Mediterráneo que siempre ha sido su principal vía de comunicación. Apoyada en la montaña y de cara al mar, ambos elementos le han dado a este conjunto una personalidad muy marcada. Pese a estar separada de la alta montaña, como es Sierra Nevada, por el profundo surco del Guadalfeo, se aprovecha de ella porque una buena parte de sus aguas las recoge este río, el único que merece tal nombre de todos los que hay en la zona, puesto que más al O, el río Verde, el Seco y el Jate sólo llevan agua de forma ocasional, gracias a las resurgencias de las masas calizas de la Almijara. El Guadalfeo, sin embargo, se provee del deshielo de la Sierra Nevada, pero también de las lluvias que recogen las cumbres menos elevadas. Hasta pasar el denominado Tajo de los Vados no se llega a la llanura litoral que conocemos actualmente como vega de Salobreña-Motril. Es la más extensa de cuantas existen en la costa de Granada. Más al E el medio calizo de Sierra de Lújar y el esquistoso de la Contraviesa han formado diferentes llanuras, apenas extendidas, por las que casi no discurren aguas superficiales, aunque en aquélla hay capas freáticas importantes.


La alternancia de relieves diferentes, con un medio litológico muy distinto, ha dado lugar a unos paisajes muy peculiares que han condicionado y consentido los asentamientos humanos. En los medios calizos, más abruptos y con barrancos muy encajados, la ocupación es difícil; en los restantes es más fácil. Especialmente importante lo es en torno a las llanuras costeras. En lo que respecta a su base física es una zona inclinada al mar y elevada. Apenas se puede hablar de tierras llanas, salvo en unas pocas áreas y siempre a las orillas del mar. Este siempre ha sido un importante elemento regulador de las temperaturas y generador de humedad, por no hablar de las posibilidades de comunicación con el exterior que ha ofrecido a lo largo del tiempo. También la cadena montañosa costera, muy próxima a la línea marítima y orientada en esa dirección, ha impuesto su ley.


Las elevaciones son importantes; la pendiente es una abrumadora realidad, hasta el punto de que la relación entre las áreas interiores y las próximas al mar se ha regido por ella. La vida humana ha quedado regulada por su existencia. Los cursos de agua, que bajan muy encajados por los valles transversales al eje montañoso, han generado grandes aluviones al llegar a la costa. La deforestación es la gran responsable; en los últimos siglos se acentuó, concretamente desde el siglo XVI hasta la actualidad hay numerosos testimonios en las fuentes escritas que lo avalan. Se formaron llanuras costeras por aluvionamientos, sin apenas influencia marina. En todos los casos, por lo que sabemos hasta ahora, las  tierras bajas han crecido a partir del deterioro de las altas, especialmente debido a las ya  mencionadas desforestaciones. El comportamiento de los suelos ha sido diferente. En cuanto a los  detríticos, se formaron por la destrucción de la capa vegetal y el posterior arraste de tierra. Los  procedentes de un medio calizo se han ido deteriorando hasta el extremo de quedar la roca desnuda, mientras que las alteraciones de las rocas metamórficas (sobre todo esquistos, micasquistos y filitas) han dado lugar a una fuerte degradación de la roca madre, formándose suelos con piedras gruesas, fruto de alteraciones mecánicas.


Deberíamos hablar también de las posibilidades hídricas de cada uno de ellos. En los calizos apenas hay escorrentía superficial, pero se forman mantos freáticos; en los esquistos, al ser impermeables, existe una circulación hídrica de superficie. Ahora bien, no hay un medio litológico único, aunque encontremos el predominio de uno u otro en cada área. Existe una adaptación a cada uno de ellos en un medio geográfico limitado. Se observa como regla general la ocupación agrícola de las tierras de rocas metamórficas, en tanto que en las calizas se establecieron los asentamientos. En realidad, la mayoría de los núcleos, desde luego en época medieval, se hallan en la zona de contacto entre las calizas y los esquistos, en donde se hallan las fuentes de resurgencia. El establecimiento de los asentamientos medievales en ese medio, que hubo de ser transformado, supuso de manera inmediata la generación de un sistema agrícola muy peculiar. Se basa en la creación de un ecosistema propio, aunque adaptado. En él es fundamental el agua, utilizada para irrigar las tierras de cultivo. Seguramente se estableció este sistema a lo largo de un proceso extenso y discontinuo, que parece alcanzar su cenit con la consolidación del Estado islámico, que, lógicamente, acelera unas tendencias y modifica otras. Este proceso cristalizó luego de una larga transición en la que diferentes modos de producción se enfrentaron. Políticamente se plasma, a través del Estado, en la organización espacial del poblamiento, en el territorio; pero no sólo nos habla de esto, sino de los mecanismos de dominación social y económica. A esta cuestión, entre otras, era a la que debía de responder la investigación.

 

(Texto extraído del artículo de Antonio Malpica Cuello “Arqueología de los paisajes medievales granadinos: medio físico y territorio enla costa de Granada”(1995) en Arqueología y Territorio nº2 pp.25-62)

 

POBLAMIENTO DE LA COSTA GRANADINA

 Los asentamientos medievales.




Castillejo de Los Guájares
Es imprescindible para analizar los asentamientos medievales que hemos prospectado dentro del proyecto Análisis de  las secuencias del poblamiento medieval de la costa granadina, partir de una división amplia, aunque operativa. Para ello, creemos conveniente estudiar primero las denominadas alquerías de montaña y, posteriormente, las de las zonas llanas. En ambos casos el comportamiento de estos habitats es diferente en cuanto a la evolución posterior y, en consecuencia, a su conservación. Teniendo en cuenta que ya hemos hablado de los asentamientos asociados a fortificaciones (caso de Jate en el Peñón de los Castillejos y Juliana), no vamos a volver sobre ellos. La complejidad de los asentamientos prospectados en el marco de este proyecto nos lleva a una división amplia, atendiendo en primer lugar a su encuadre cronológico, a partir del cual intentaremos poner de manifiesto algunas cuestiones referidas a su relación con el medio. Por otra parte, no entraremos de nuevo en el análisis de los asentamientos asociados directamente a algunos husun –el Peñón de Los Castillejos o Juliana- ni, por supuesto, en el más significativo de todos los poblados fortificados de esta zona, el  Castillejo de Los Guájares.

1. Los asentamientos de montaña, que no siempre podemos calificar de alquerías  propiamente dichas, porque algunos no se identifican claramente con un habitat de tales características, es decir, no están claramente asociadas a áreas irrigadas de cultivo ni se integran en un territorio más o menos propio y definido, pueden dividirse, a su vez, en dos grupos. En primer lugar, destacamos aquéllos que son anteriores a la época nazarí y que no parecen haber perdurado más allá de la  formación del califato. Entre ellos, mencionamos tanto los que se hallan a media altura, como los más elevados, los denominados claramente habitats de altura.


De estos últimos podemos mencionar varios, situados algunos de ellos en cotas cercanas a los 1.000 m. Se hallan a lo largo de toda la cadena montañosa, desde  la Sierra Almijara hasta la Sierra de Lújar. En aquélla se localiza un asentamiento  bien documentado, que ya hemos mencionado al hablar de los husun, el poblado de Pico Moscaril, en el actual término municipal de Almuñécar, en la cabecera de río Verde. Se trata de un asentamiento anterior a la fortificación que tuvo un papel relevante en las luchas que precedieron a la formación del califato. Quedan, como  se dijo anteriormente, restos de construcciones, posiblemente viviendas en la ladera S del conjunto, en donde se ha recogido cerámica de época altomedieval y abundantes fragmentos de tejas. Es en Sierra Lújar donde hay más asentamientos de este tipo.


Alberca del Castillo de Olías
Hay tres casos específicos a señalar : Pico Aguila (término municipal de Gualchos-Castell de Ferro), Picos del Castillejo (término municipal de Lújar) y el mencionado asentamiento asociado al castillo de Olías (término municipal de Orgiva). Son múltiples los problemas que plantean estos asentamientos. El primero es determinar su secuencia de ocupación. Aunque no es fácil, la cronología es más o menos precisa. El asentamiento del Pico Moscaril se sitúa entre los siglos VII y VIII. En Pico Aguila hay que hablar de dos momentos, uno correspondiente a los siglos VII-VIII, el otro entre finales del siglo IX y el X. Los Picos del Castillejo, aunque hay materiales posiblemente algo anteriores, debió estar ocupado en la etapa comprendida entre el siglo IX y el X. En Olías, que plantea dificultades para señalar su cronología, el material cerámico recuperado en superficie nos permite pensar que fue anterior al siglo IX. Ahora bien, la cuestión está en poder determinar cómo fue su ocupación. Dicho de  otra manera, no podemos precisar si fueron asentamientos más o menos estables o sencillamente eventuales. Excepción hecha del yacimiento de Pico Águila, todos los asentamientos tienen restos de muros y se han documentado restos de ocupación, especialmente tejas para las cubiertas de viviendas. Incluso cabría pensar que pudo ocurrir en el mismo Pico Águila, porque la destrucción para el establecimiento de construcciones defensivas en época de la guerra civil es evidente. Pero en ningún caso, se ha podido apreciar la existencia de estructuras hidráulicas. De todas formas, la relación entre el medio físico y estos asentamientos aún no se ha podido estudiar.



Yacimiento altomedieval de Moscaril
Por el momento parece que se hallaban lo suficientemente apartados de los puntos regulares de agua y a una altura tan considerable que todo indica que era imposible una agricultura de regadío. Así pues, cabría pensar en una economía silvo-pastoril, con un aprovechamiento del saltus. Pero necesariamente habría que hablar de un medio físico muy diferente al actual y al históricamente conocido desde el siglo XVI en adelante. Esto no es realmente un problema, porque hay evidencias de que pudo ser un espacio de monte mediterráneo mucho más denso del que podemos intuir. De todas formas, no es seguro que estas poblaciones ocupasen tales asentamientos de manera permanente, pudiendo tener otras actividades económicas y utilizando las disponibilidades del saltus de manera complementaria y eventual. Eso querría decir que estamos ante  ocupaciones ocasionales, no permanentes, que se utilizaban esencialmente como refugios. Así podría explicarse la presencia de una cerca en Los Picos del Castillejo. Los materiales cerámicos, que se fechan en un amplio período que va desde el siglo VII al X, aunque con una fuerte presencia de los de los dos últimos siglos (IX y X), podrían hablarnos de la ocupación de esos hábitats de altura en unos  momentos especialmente conflictivos, que van desde la instalación de los árabes hasta la formación del califato, con especial incidencia en la etapa de finales del emirato.


Tal vez en la adopción de estos lugares como habitats de altura haya que ver la respuesta de las comunidades altomedievales instaladas en las cercanías de Sierra Lújar ante el clima de violencia que se generó en aquellas fechas. Hay que tener en cuenta, como se puso de relieve en otro trabajo, que el área montañosa oriental de la costa era muy distinta en los tiempos altomedievales de la parte occidental, pues la incidencia de la vida urbana en época antigua había sido nula. Parece que el origen de Moscaril fue distinto. Hay que pensar que más bien se debe insertar en el proceso de desarticulación del poblamiento tardorromano, muy significativo en la zona de Almuñécar. Hay otros yacimientos altomedievales que están en el interior del área montañosa  de la Sierra de Lújar y de la Contraviesa,  que no se pueden considerar propiamente de altura, aunque haya que integrarlos en un modelo de poblamiento altomedieval. De O a E son los siguientes: Cerro del Castillejo (término municipal de Vélez de Benaudalla), en la margen izquierda del Guadalfeo, antes de llegar a su tramo final, que es el único realmente situado en el medio de Sierra de Lújar; el del Peñón de Pedro Vélez (término municipal de Orgiva), sobre el barranco de Alcázar, que precisamente separa aquella cadena montañosa de la Sierra de la Contraviesa; y el yacimiento localizado en la Rambla de Polopos (término municipal de Polopos), en la cara S de esa montaña, en un  barranco abierto al mar. A ellos habría que añadir los restos de otros puntos más orientales de la Contraviesa, como los ya mencionados del castillo de la Rambla del Valenciano (término municipal de Sorvilán) y el yacimiento de la Ermita del Palomar (término municipal de Albuñol). Se les puede asignar una cronología que va del siglo VIII al IX, en algún caso incluso hasta los inicios del X, pero no más allá, como pone de manifiesto la total ausencia de cerámicas vidriadas.


Se trata de  establecimientos mejor reconocibles en el medio físico en que se insertan. No ocupan áreas muy elevadas y se encuentran normalmente cerca de puntos de  agua, con frecuencia dominando la parte media de un barranco. Es verdad que  actualmente ofrecen una imagen de un medio degradado que puede inducirnos a pensar que estuviesen en un entorno de monte mediterráneo. Obedece esencialmente al hecho de que se hallan en antiguas tierras de labor, de secano, ya abandonadas y colonizadas por el matorral. No cabe desechar, pues, que utilizasen  el saltus como medio de vida, pero seguramente complementario, porque es posible que existiese una agricultura. El problema estriba en saber de qué tipo era ésta. Por decirlo de otra manera, no se puede precisar si el regadío había hecho ya su aparición y si estos asentamientos estaban en relación con él. Ahora se encuentran en espacios muy abruptos y degradados, lo que impide tener una idea clara de cómo eran. La erosión ha sido fortísima por efectos de los laboreos de los secanos y de la ruina de las áreas irrigadas, que han hecho de las ramblas y barrancos pasos intransitables. Cabe la posibilidad de que esos asentamientos fuesen los primeros en los que se produjo una transformación del medio físico para la introducción de la agricultura de regadío. Este extremo no se ha podido comprobar hasta el presente en los casos mencionados, aunque hay que poner de relieve que hay habitats que tuvieron una perduración mayor, llegando hasta época nazarí, y en los que se han podido documentar cerámicas muy anteriores. Establecer el modelo de poblamiento a partir de la creación de una red de alquerías, dependientes o, mejor dicho, relacionadas con estructuras fortificadas que ya existían, es la tarea primordial. Eso quiere decir que es imprescindible un análisis arqueológico de todas y cada una de ellas, lo que no siempre es posible, porque la perduración de los asentamientos juega en su contra. Las redes de irrigación han tenido un origen histórico, que no se ha podido documentar salvo en casos muy concretos.


Esta cuestión es de gran importancia, porque se pueden ver, como hemos dicho, dos asentamientos distintos, aquéllos que perduraron y otros que, sin embargo, no prosiguen más allá del siglo X. No sabemos a qué se debió esta situación, pero aparece como un hecho incuestionable. Tal vez haya que  relacionarlo con las bases físicas, que eran diferentes y permitieron una transformación con mayores garantías en unos sitios, mientras que en otros era mucho más difícil. En cualquier caso, la desaparición de esos habitats debió de suponer una reestructuración de toda la estructura de poblamiento, primando las áreas más accesibles y las tierras llanas.  


Queda por señalar, en el marco de este poblamiento, la discontinuidad que ofrece con respecto a otras estructuras anteriores. Así, en época romana, sólo se puede hablar de una ocupación escasa, seguramente en relación con las posibilidades mineras de la zona. Por el contrario, los yacimientos prehistóricos, sobre todo del Bronce, aparecen con frecuencia, e incluso coinciden con los altomedievales. La situación de estos yacimientos de montaña pueden interpretarse como el resultado de una ocupación de espacios que, aunque penetrados por los hombres, eran marginales desde la perspectiva de la organización del territorio de época romana, como también lo son en relación con lo que estaba ocurriendo en la parte occidental de la costa granadina. Claro está que el peso de la vida urbana en esa área era muy considerable y la densidad de ocupación del territorio también era mayor. Por lo demás, hay que pensar que, atendiendo a las dimensiones de los yacimientos altomedievales y a las características de la cerámica hallada en superficie, se trata de asentamientos creados a partir de la desestructuración del poblamiento romano anterior y de la llegada de nuevos pobladores. Sin embargo, caracterizar unos u otros a partir de una adscripción étnica no sólo es imposible por el momento, sino que tampoco es importante. Más significativo es señalar que se trataba de comunidades libres, no sujetas a ninguna relación de dominación por parte de señores de renta ni, por supuesto, del Estado. Eso no quiere decir que no hubiese en su seno una organización en base a la familia extensa e incluso al linaje. Son estos grupos familiares los que van a recuperar espacios ocupados anteriormente y abandonados por la acción del poblamiento romano. Un poblamiento disperso, opuesto a otro concentrado y regulado  por unas vías de comunicación, es propio de una sociedad en la que el peso del Estado no es fuerte, por no decir que es inexistente. En buena lógica, la disponibilidad de los recursos naturales está menos mediatizada, porque la generación de excedente no es una acción exigida por una clase social.


Hay otro grupo de asentamientos que, estando en áreas más o menos montañosas, perduraron. De ellos destacan, en primer lugar, aquéllos que se mantuvieron hasta una época anterior a la nazarí y los que se prolongaron hasta ésta. Mencionaremos primero los asentamientos que son claramente posteriores al siglo X, pero que no llegaron hasta la época final de la Edad Media. Son establecimientos humanos con una relación muy clara con el medio físico. En todos los casos, se puede hablar de un espacio transformado para la agricultura de regadío. Su localización lo pone de manifiesto claramente. En efecto, se encuentran en la zona intermedia de algunos barrancos, cerca del agua, bien de la que corre por ellos, bien de fuentes de resurgencia, que brotan del contacto entre los materiales calizos y los esquistosos. Son los yacimientos de la Haza de Los Almendros, en Sierra de Lújar, en la actual aldea de Lagos, por debajo de los Picos del Castillejo, en el término municipal de Vélez de Benaudalla; el Cortijo de La Reala, en los montes de la Sierra del Jaral, por encima de la punta deltaica de Carchuna (término municipal de Motril), y El Castillejo, en una elevación por encima de la rambla de Tor vizcón. Cronológicamente van de los siglos X y XII, si bien este último llegaría hasta el siglo XIII. El otro grupo es el formado por las alquerías plenamente identificadas en época nazarí y que aparecen  en la documentación castellana. Todas ellas han dado lugar a pueblos habitados y en algunos casos a cortijos. Así pues, han sido núcleos intensamente ocupados, con áreas de cultivo irrigadas que siguen en cultivo o que han permanecido cultivadas hasta fechas recientes.


De ese modo, el trabajo arqueológico tenía unas evidentes dificultades.  Aun partiendo de la documentación castellana y siguiendo un sistema regresivo, el problema era establecer una estrategia científica que permitiese hacer un análisis propio de la Arqueología del paisaje. De todas formas, no se ha podido aplicar con  igual rigor el método de trabajo, porque no es fácil la prospección arqueológica en las áreas de cultivo intensamente labradas y que apenas permanecen en descanso. Se ha centrado la investigación primordialmente en los núcleos que se han ido abandonando, en los más marginales y en los despoblados a partir de la conquista castellana que, por lo común, pasaron a ser simples cortijos. Eso supone que el reconocimiento arqueológico es cuando menos problemático, porque la  explotación agraria ha continuado e incluso en los últimos años se ha intensificado. En la zona occidental han podido prospectarse, además de Jate, que en realidad  debe estudiarse entre los asentamientos de zonas llanas, Turillas, Cázulas y Bodíjar. Estas tres últimas alquerías están situadas en la cuenca superior del río Verde.


Sólo la de Turillas, sin embargo, nos ha proporcionado datos suficientes. La cerámica hallada en superficie se puede fechar entre los siglos XII y XIII, aunque el topónimo parece precedente. Las situadas en los márgenes de la vega baja del Guadalfeo en el entorno de Salobreña, hay que adscribirlas igualmente a las de llanura, pero adelantemos que han sufrido una gran transformación, siendo a veces casi imposible su identificación.


Los núcleos ubicados en Sierra Lújar y la Contraviesa fueron abandonadas en su práctica totalidad en las primeras décadas del siglo XVI. De todas formas, por los indicios que tenemos, se puede decir que en su mayoría mantuvieron su actividad productiva, aunque modificándola. En efecto, las áreas de regadío pervivieron, según parece, desarrollando una arboricultura en detrimento de los cultivos herbáceos. Aquélla permitía un mantenimiento de la agricultura de regadío, pues desde puntos más o menos próximos se podía acudir a hacer esos trabajos. Algunos de estos asentamientos se convirtieron posteriormente en pueblos, mientras que otros sólo fueron cortijos. Actualmente están en muchos casos en un acelerado proceso de  abandono y han sufrido una paulatina marginación. Eso ha permitido un examen arqueológico con un cierto detenimiento. Sin embargo, lo frecuente es que se hayan encontrado restos muy escasos, hasta el punto que sólo la toponimia ha permitido su localización, sin que la prospección arqueológica mostrase evidencias dignas de tenerse en cuenta. No obstante, podemos disponer de algunos datos en otros casos. De este modo, en el solar de las antiguas alquerías de Gualchos, en torno al pueblo del mismo nombre hoy en día, en el medio de Sierra Lújar, de Ubrite, que hemos identificado con el actual cortijo de Rubite Alto, en la línea divisoria de aquélla con la Contraviesa, de Bordomarela y Pinos, en pleno corazón de la Contraviesa, se ha podido identificar cerámica de los siglos X al XI, con una continuidad en su ocupación hasta la llegada de los castellanos. Todos los núcleos responden a un modelo muy consolidado en este territorio costero, al menos en las áreas de montaña. Suelen estar a  media ladera de barrancos o en el contacto entre los medios calizos y los esquistos, que permiten la existencia de fuentes de resurgencia. Utilizan las disponibilidades de agua para irrigar una superficie que está por debajo del núcleo habitado, mientras que por encima de él existe un secano complementario y el monte mediterráneo. Las terrazas de cultivo son parte esencial del aprovechamiento del agua para la agricultura, pero al mismo tiempo configuran el espacio de una forma muy marcada. Asimismo, el sustrato es importante para el asentamiento, no sólo porque permite la resurgencia de aguas, sino también porque en la caliza se suelen establecer los núcleos y se cultivan las tierras procedentes de rocas metamórficas, que permiten una agricultura de regadío, ya que crecen sus rendimientos en función de la irrigación, mientras que son muy escasos si se dedican al secano. Una característica esencial es que las disponibilidades de agua condicionan los asentamientos y las áreas de cultivo. Aunque hay acequias que derivan el agua de los barrancos o ramblas, son más frecuentes las fuentes de resurgencia. De todas formas, hay que señalar que, a diferencia de lo que ocurre en otras partes del reino de Granada, como en la vecina Alpujarra26, no hay grandes redes de acequias que abastezcan varias alquerías. Como queda dicho, es una agricultura que  supone una profunda tranformación del medio físico, que acondiciona incluso la topografía en beneficio de las tierras de cultivo y que crea una estrecha dependencia del núcleo con respecto a todo el  sistema. Esto implica una gran perduración del asentamiento y de la red hidráulica. Nos llevarían estas cuestiones a hablar de la necesidad de mantenimiento del conjunto y de su virtualidad social, según ya pusimos de relieve. De todas forma, se trataba de un nuevo sistema de aprovechamiento de los recursos de la zona de montaña, muy diferente del que había en época romana, que se basaba fundamentalmente en la explotación de la minería.

2. En las zonas más llanas hay asentamientos menos evidentes que los de montaña. Se debe obviamente a las grandes transformaciones, que sesgan la lectura y, en consecuencia, el análisis del poblamiento medieval de la costa de Granada. Al compás del avance de nuestra investigación y también de la destrucción creciente, han ido apareciendo restos muy elementales que muestran la existencia de núcleos habitados en muy diferentes fechas. Son establecimientos dedicados de manera primordial al aprovechamiento agrícola y ganadero de su entorno, siendo muy probable su articulación con espacios de regadío. El mejor estudiado es el  yacimiento de El Maraute, en la barriada motrileña de Torrenueva, en Motril. Se halla en el escalón montañoso que cierra la vega de Motril por  el E y a muy poca distancia del borde del mar. Aparece documentado como la alquería de Batarna en las fuentes árabes a partir del siglo X y hasta el XII. Aun cuando aparece citada como qarya, se le asocia siempre con la explotación de atutía u óxido de zinc. No quiere decir que se identifique totalmente el núcleo con la mina, sino más bien hay que pensar que en sus proximidades hubiese una o varias. Hay diversos yacimientos relacionados con la minería en el reborde montañoso. De época romana se ha identificado uno llamado La Herrería, en donde  se han podido encontrar escorias de mineral tratado. Hay otro en el Cerro del Toro, en donde siempre han existido explotaciones mineras, que permite documentar, gracias a la cerámica de superficie, una ocupación de los siglos X y  XIII. La minería en la zona era conocida desde tiempos romanos cuando menos. Incluso la clara referencia a esta riqueza hecha por numerosos autores, especialmente por al- Razi, en el siglo X, puede probar que constaba en los registros fiscales del califato cordobés. Es tanto como decir que el Estado se fijaba especialmente en esta zona. De ahí las numerosas referencias en las fuentes  escritas. Pero la actuación arqueológica de urgencia llevada a cabo en un área de este yacimiento de El Maraute ofrece suficiente información, junto con el seguimiento realizado en los últimos años en el mismo. Recordemos asimismo que en la parte baja que mira al mar, en concreto al SSE, hasta hace algunas décadas había unas salinas ya desaparecidas, documentadas en época nazarí. Bien pudieron estar en explotación en tiempos anteriores. En cualquier caso, es evidente que su ocupación medieval coincide grosso modo con las fechas de las fuentes escritas. Se marca asimismo un hiato con respecto al asentamiento romano allí existente. Éste fue abandonado en torno a los siglos III-IV. Es uno de los yacimientos más interesantes de todos los que se hallan en la misma línea de costa. Pero hemos podido detectar algunos más hacia el O y hacia el E.


En el área más occidental se ha podido identificar la alquería de Jate, que no debe de confundirse con el poblado y fortificación situado en la cabecera del río Jate. Aquélla está en su desembocadura, en la ensenada de La Herradura, en donde se pueden reconocer estructuras constructivas. En efecto, hay restos en superficie de varias construcciones, seguramente viviendas, edificadas con la técnica de la tabiya, con unas características similares a las existentes en el poblado de “El Castillejo”. Se ha podido reconocer también una torre rectangular, obra de mampostería, que debe identificarse posiblemente con la levantada por Diego Bernal, su segundo propietario castellano, a principios del siglo XVI, con permiso real. Sin embargo, es muy poco lo que queda en esa línea costera, si exceptuamos ese caso y el de Almuñécar. En contrapartida, en torno a esa llanura aluvial, como ocurre en el entorno de Salobreña se han podido documentar un buen número de yacimientos romanos. Sólo uno de época posterior se ha identificado en la vega del Guadalfeo. Nos referimos al Cerro del Vínculo (término municipal de Salobreña), mientras que la alquería nazarí de Pataura no es fácil de documentar, puesto que el importante proceso de colmatación que existió la sepultó en su práctica totalidad. Más allá de esta área hay otros asentamientos más fácilmente identificables, tal vez porque las transformaciones han sido menores en el territorio en los últimos años. Son los yacimientos del Cortijo del Cura (término municipal de Motril), en un escarpe rocoso de la Sierra del Jaral, por encima de Carchuna; el de La Rijana (término municipal de Gualchos-Castell de Ferro), y los del Cortijo de Los Pastores, Los Chortales y Los Pelaíllos, en el piedemonte occidental de la llanura de Castell de Ferro (término municipal de Gualchos-Castell de Ferro). Todos estos asentamientos se integran en una realidad poblacional que apenas se ha podido analizar hasta el presente. A ello han contribuido de manera muy poderosa las transformaciones habidas en las llanuras costeras. De todas formas, el reborde montañoso se ha mantenido a salvaguarda hasta fechas más recientes, cuando el avance del regadío está ocasionando modificaciones importantísimas. Es posible que se trate de asentamientos asociados a la vida agrícola, probablemente continuadoras de la de época tardorromana, como lo pone de manifiesto la existencia de materiales cerámicos de los siglos VI-VII y llegando incluso hasta el siglo VIII.


Se debe señalar, no obstante, que hay cambios muy significativos con respecto a los asentamientos romanos de época anterior. Sin embargo no conocemos aún el modelo de ocupación del territorio en esa época, porque no se ha investigado en este campo. De todas formas, se aprecia la existencia de una serie de villae, de tamaño medio, posiblemente porque la topografía no permitía otra cosa, en las proximidades de Almuñécar y Salobreña, como queda dicho, en concreto en las suaves colinas de sus alrededores. Son un número apreciable, desde luego superior al que se ha documentado en fechas posteriores. Aunque se aduzcan causas erosivas o destrucciones, y aun teniendo en cuenta sus tamaños, siempre muy inferiores a los de las citadas villae, se puede pensar en una  reducción de asentamientos al final de la Antigüedad en nuestra zona costera. Tal vez tengan que ver con las transformaciones agrícolas que debieron de tener lugar al final del Mundo Antiguo. La dispersión y reducción espacial de los asentamientos debe ser paralela a la pérdida de las vías de comunicación marítimas y a la reducción del tráfico comercial. Algunos yacimientos que no parecen estar relacionados directamente con la agricultura, como el de La Rijana, cesó de funcionar en esas fechas. La línea costera se revitalizó a partir del siglo X y durante todo el período medieval tuvo importancia. Las fuentes escritas de época castellana muestran una ocupación de forma más o menos clara, que se ve reforzada por los datos arqueológicos. Al caso de la alquería de Jate hay que añadir el de La Rijana y el de Cautor, que se citan como pesquerías poco después de la conquista castellana. Tenían, sin embargo, espacios cultivados y áreas de regadío. Pero ya en el sigo XVI únicamente aparecen alquerías interiores y las ciudades de la costa, porque la línea marítima está despoblada y ocupada militarmente. 

(Texto extraído del artículo de Antonio Malpica Cuello “Arqueología de los paisajes medievales granadinos: medio físico y territorio en la costa de Granada”(1995) en Arqueología y Territorio nº2 pp.25-62)

 

ORGANIZACIÓN DEL TERRITORIO.  Los castillos

Nuestro proyecto se planteó, desde el principio, con desigual intensidad para el conjunto de la costa granadina. Se prefirió un acercamiento a diferentes niveles, teniendo en cuenta las necesidades que había. Dos técnicas eminentemente arqueológicas se desarrollaron, siempre para resolver problemas históricos, algunos  de los cuales surgieron en su propio desarrollo. Fueron la prospección arqueológica y la excavación.

1. La prospección arqueológica de superficie. Se intentaba, a partir de ella, analizar las secuencias  del poblamiento medieval en la zona costera de Granada9. Esta se dividió en varios sectores, que coincidían, aproximadamente, con los territorios que se habían identificado en los últimos tiempos del mundo nazarí. En concreto eran: a) el área del río Jate y del Verde, nucleada en torno a la ciudad de Almuñécar, ocupada desde la Antigüedad; b) el valle bajo del Guadalfeo, integrado por varios subconjuntos, pero con un centro rector en su vega, Salobreña; c) la Sierra de Lújar, imponente mole caliza que se levanta frente al mar, en cuya cara S, aunque también en la parte NE, se  encontraban diferentes alquerías que se agrupaban en la taca de Suhayl, y d) la Sierra de la  Contraviesa, que estaba contigua, denominada taca de Sahil.


2. La excavación sistemática. Se quería hacer un estudio de mayor profundidad, centrado en un área más reducida y a partir de un  yacimiento concreto a excavar. Se eligió el valle del río de la Toba, es decir, el subconjunto de Los Guájares. El punto de partida era la excavación sistemática del yacimiento de “El Castillejo”, un asentamiento fortificado de época medieval concretamente almohade- nazarí. Está situado frente a la actual localidad de Guájar-Faragüit y por encima de la de Guájar-Fondón. Pero era preciso plantear y resolver una serie de cuestiones relacionadas con la dinámica del poblamiento en todo el valle y la transformación ecológica de una zona de montaña, que parecía ser el principio de la organización del territorio en época andalusí, por el establecimiento de áreas irrigadas dependientes  de núcleos de poblamiento rural. Se planteaba de este modo el estudio de tales unidades de poblamiento a partir de una focalización en un yacimiento concreto, para establecer una estratigrafía y, en consecuencia, unas cronologías. El análisis de los asentamientos a partir de la prospección hidráulica, partiendo siempre de una clara conexión con el yacimiento de “El Castillejo”, debía de desarrollarse como una investigación particularmente significativa.

El proyecto quedaba, sin embargo, abierto a otras acciones necesarias y que fueran consideradas oportunas y obligadas. Así, se llevaron a cabo algunas intervenciones de urgencia, que permitieron al menos dos cosas: en primer lugar, ampliar el campo de análisis, y, en segundo lugar, plantear problemas nuevos, que sólo podían surgir del trabajo arqueológico. Así, la realidad aplastante de una transformación casi diaria se imponía y obligaba a entrar en una dinámica propia de la Arqueología de salvamento. Se transformaban los presupuestos de partida y se tenía una nueva dimensión. Las grandes y graves alteraciones de las áreas llanas y próximas al mar pusieron de manifiesto la existencia de asentamientos en la línea costera, que apenas eran conocidos. Aun así, no cabe duda que el balance no puede considerarse positivo. A la pérdida de restos arqueológicos, hay que añadir que el medio físico se ha ido modificando de tal manera que queda sesgada la lectura de los asentamientos y de la relación Hombre/Naturaleza. Sólo hay algunos elementos aislados y restos de paisajes tradicionales como auténticos relictos. El proyecto de investigación,  como queda dicho, tenía como soporte inicial un análisis de las fuentes escritas y del medio físico. El modelo de partida se estableció fundamentalmente en base al poblamiento que encontraron los castellanos al llegar a este territorio. Para conseguir un control efectivo del mismo, señalaron los espacios productivos y las estructuras defensivas que les importaban. La documentación tenía además una especificidad fiscal muy fuerte. En cualquier caso, se apreciaba que los elementos primordiales de la estructura de poblamiento eran los núcleos rurales y los castillos y otras fortificaciones. Pero tampoco cabía olvidar las ciudades. Claro está que la presencia de estos  asentamientos urbanos marcaba una gran diferencia entre las áreas occidentales y las orientales. En  aquéllas la vida urbana tenía un peso específico muy fuerte, mientras que en las tacas de Suhayl y Sahil no se articulaba el espacio en torno a las ciudades. Esta distinción queda claramente expresada cuando los castellanos se establecen en este conjunto territorial. Las antiguas mudun (plural de madína) sirvieron de punto de apoyo para penetrar en los territorios próximos y generar un  poblamiento propio. Mientras tanto, las áreas sin ciudades propiamente dichas, tuvieron que ser  controladas a partir de las fortificaciones existentes en la misma línea de costa, creadas para la defensa del litoral, pero también para evitar la penetración desde el mar hacia el interior. Esta distinción, además de poder explicarse tal vez por poblamientos diversos, ha de ser planteada por las diferentes formas físicas del espacio geográfico. Las áreas occidentales tienen hoyas litorales más extensas y fácilmente regables, mientras que en las orientales la costa es más quebrada e impenetrable, los cursos de agua son más irregulares y las comunicaciones muy difíciles. Tal diferenciación sigue operando y tiene repercusiones en la propia investigación arqueológica. Las tierras llanas y próximas al mar son las más desarrolladas en los últimos tiempos, con una gran incidencia, según ya se ha señalado, en el paisaje y, cómo no, en los yacimientos arqueológicos. Es mayor, lógicamente, en las áreas occidentales que en las orientales, en donde la escasez de espacios  llanos es evidente. Si tenemos en cuenta que sólo en las décadas finales se ha producido esta situación conflictiva, habrá que anotar que las consecuencias se han dejado sentir especialmente en la parte occidental costera con mayor fuerza. Si tenemos en cuenta esta tendencia, las posibilidades de investigación se hallaban muy mediatizadas. En efecto, de un lado, las grandes alteraciones que se derivan del proceso de especulación de suelos para la construcción turística y para una agricultura muy intensiva, y, de otro, la especial forma de los asentamientos, de los que teníamos una imagen muy clara sólo a partir de las fuentes escritas, han condicionado los puntos de partida del trabajo de investigación. En buena medida han tenido que revisarse a lo largo de su desarrollo.

Como se verá más adelante, el territorio costero granadino tenía un poblamiento con unos núcleos rurales elementales, las 40  alquerías, que se organizaban en torno a espacios más o menos extensos. En ellas la vida agrícola era esencial, siendo el regadío la parte fundamental del área de cultivo. Las tierras situadas en torno al valle del Guadalfeo y más hacia el O, se articulaban con ciudades (Salobreña y Almuñécar), con las que mantenían unas relaciones en las que el papel principal, que no único ni aplastante, correspondía a éstas. La penetración de las mudun en la vida rural es un hecho incuestionable. Sin embargo, la alquerías siguen teniendo una autonomía real, pues conservan en gran medida el control de los procesos productivos y tienen en  ellas una fuerte presencia las instituciones de autogobierno. Es más, en aquellas partes en las que las ciudades no existían, el control del territorio sólo era posible a través de las fortalezas, que, como se verá, no tenían un peso específico grande en la relación con los núcleos rurales. De todo lo dicho es fácil derivar que la penetración de los castellanos y su acción en el territorio siguió una serie de grandes líneas tendenciales. Ante todo, hubo un reforzamiento general de los sistemas defensivos, especialmente de los que había en la misma línea costera, tanto los conectados con una ciudad (alcazabas urbanas), como los aislados en el territorio. Asimismo se dio, siempre que fue posible, un poblamiento con hombres traídos de fuera, claro está que a partir de un punto fuerte y fragmentando los territorios preexistentes, entregando tierras y alquerías  enteras a señores  castellanos. Esto supuso, evidentemente, una modificación muy notable de las relaciones entre los centros ocupados (ciudades o castillos) y los núcleos rurales, acentuándose el carácter militar de  aquéllos. En realidad, la costa de Granada se convirtió a finales de la Edad Media en una verdadera “frontera”.


La despoblación y la reducción de los asentamienos agrícolas fue la nota más llamativa en cuanto al resultado de la ocupación castellana y su política repobladora. A partir de esta  problemática se organizó el análisis arqueológico del territorio con una base fundamental en la  prospección arqueológica superficial. Eramos conscientes, como queda dicho más arriba, que a las dificultades y a los problemas ya reseñados, había que añadir otros. En efecto, los núcleos urbanos, en todos los casos pluriestratigráficos, estaban sometidos a una presión constructiva casi intolerable, según se ha mostrado posteriormente, por una coincidencia angustiosa entre una agricultura intensiva, que demandaba una enorme cantidad de agua y por el peso sofocante de un turismo estacional de escasísima rentabilidad a medio y largo plazo. Las actuaciones arqueológicas debían de esperar la oportunidad, pero la rapidez de las transformaciones de las tierras periféricas lo impedía; además, lo que podríamos denominar núcleo histórico, e incluso las fortificaciones urbanas, o estaban ya totalmente alteradas, o caminaban de forma imparable a su radical  transformación. El ejemplo del castillo de Salobreña es singular, puesto que su restauración se ha acometido por dos veces en décadas anteriores, sin análisis arqueológico de ningún tipo, y, lo que es mucho peor, sin disponer de áreas no removidas para poder excavar en ellas. La concepción de estos edificios como puntos de atracción turística, llevaba por el mismo camino al hermoso ejemplar de la fortaleza urbana de Almuñécar. Sólo algunos avatares políticos por el momento han detenido o, mejor dicho, frenado tal proceso. Mientras esto pasaba con las ciudades, los castillos no urbanos se habían abandonado y se hallaban en ruinas. Teniendo en cuenta que la erosión es muy  fuerte y que se hallan normalmente en puntos elevados en donde la pendiente es importante, la pérdida de información está asegurada. Por su parte, los asentamientos rurales, según ya decíamos  anteriormente, se han establecido por una modificación del medio físico basada en la generación de  un nuevo ecosistema en el que la irrigación es fundamental. Las líneas tendenciales de un  hiperdesarrollo de las áreas irrigadas, que han asegurado y siguen asegurando una producción agrícola intensiva, ha motivado un avance de las mismas y la consiguiente pérdida de restos arqueológicos. Sólo los lugares que han sido abandonados permiten un análisis más fácil.


Decimos esto porque es posible incluso un estudio de las localidades ocupadas por medio de un  método regresivo, aunque aún no ha mostrado todas sus posibilidades. Las dificultades para una  aproximación a la realidad arqueológica de la costa granadina eran, pues, significativas. De todas  formas, si simplificamos las categorías de los elementos que conforman la estructura de  poblamiento y sobre los que se ha podido hacer un primer análisis arqueológico a través de la  prospección de superficie, hemos de hablar de castillos y de asentamientos rurales. Es evidente que se trata de una visión esquemática, pero operativa a efectos puramente expositivos. Hay numerosos  casos en los que las diferencias son muy escasas o prácticamente desaparecen. De cualquier forma, parece un esquema válido para aproximarnos a la realidad del poblamiento medieval en la costa de Granada. Dejamos a un lado, sin embargo, las estructuras urbanas, que sólo han sido objeto de un análisis muy general e inspirado en las fuentes escritas, habida cuenta de que hasta hace muy poco tiempo no se han llevado a cabo intervenciones arqueológicas, dentro sobre todo de un nuevo programa de Arqueología urbana. En todo caso, es obligado una mención aunque sea mínima a las ciudades.

1.- Los castillos.


Castillo de Juliana
El estudio de los castillos, sobre todo los rurales, ha generado una importante bibliografía, pues su análisis ha servido, incluso de punto de partida para estudiar la sociedad andalusí, marcando diferencias con la feudal. La primera aproximación a los husun de la zona llevaba a comprobar las semejanzas existentes con el modelo de Guichard, sobre todo para los situados en las tacas de Sahil y Suhayl. Se identificaron y prospectaron en una fase inicial diversos castillos en el área interior de la Alpujarra costera. Así, el de Olías, en plena Sierra Lújar, término municipal de Órgiva, el de la Rambla del Valenciano (Sorvilán) y, ya en el extremo NE de la Contraviesa, el de Juliana (Murtas), aparecían como elementos fundamentales para la organización del poblamiento rural. Si observamos las alquerías documentadas a finales de la Edad Media, es evidente que los asentamientos tienen una relación espacial con los castillos existentes. Es decir, una fortificación pudo ser el punto de apoyo de una estructura de poblamiento. Claro está que eso no nos obliga a pensar que fuesen coincidentes en el tiempo. El análisis de los castillos permite una cronología más o menos segura, que puede ayudar al mismo tiempo a afinar la que nos ofrecen los habitats rurales que han seguido perviviendo. De ese modo, el estudio arqueológico de las estructuras castrales es muy importante, así como el de su distribución espacial y la cerámica en presencia.


Desde tales perspectivas, se puede decir que tanto la situación como las características constructivas de los castillos de la Rambla del Valenciano y Olías nos hacen creer que era prácticamente imposible el establecimiento permanente de un grupo humano de carácter militar. Se hallan en puntos de muy difícil acceso. Aun cuando sabemos que el medio ha cambiado y se ha degradado notablemente, no parece que haya sido hasta el punto de que se haya convertido en algo tan agreste y hostil. Por otra parte, es cierto que se han documentado restos constructivos, posiblemente de viviendas, en el interior del primero y en las proximidades del otro. Se podría pensar que hay que adscribirlas a una primera ocupación en época altomedieval, propia de un asentamiento de altura. Carecen, además, de estructuras defensivas de significación, reduciéndose éstas a algunos lienzos de muralla. Por lo demás hoy sólo son muros de mampostería, base sin duda del tapial que se levantaría sobre ellos y se ha perdido. Dentro también del capítulo constructivo, hay asimismo que destacar la presencia de depósitos para agua: una cisterna en Olías y un aljibe bien construido y muy consistente en la Rambla del Valenciano. Todos estos elementos vendrían a apoyar la tesis de su utilización como husun refugio para la población campesina que viviera en los alrededores. La cerámica encontrada en la superficie de estos castillos permite asegurar su utilización cuando menos entre los siglos X-XI, es decir en el período califaI y taifa, y posteriormente en época nazarí. En el último caso, hay que señalar que tal vez se trate de una ocupación ocasional posterior a la conquista castellana y como refugio defensivo.


Bastante distinto es el tercer castillo altomedieval que se halla en el sector oriental, el importante hisn de Juliana. Los restos que quedan y son visibles ponen de manifiesto su complejidad con respecto a los otros husun ya citados. Aunque el relieve es escarpado por lo general, hay algunas zonas más llanas o amesetadas. Quedan tres torres de planta rectangular y diferente estado de conservación. La situada en el ángulo SE del conjunto fortificado, que es muy maciza y de un altura de cierta consideración, está deteriorada. En el ángulo NO se halla otra torre levantada sobre la misma roca, con una cimentación de mampostería, que sirve de apoyo al tapial; es de dimensiones más reducidas que las otra dos. La tercera torre está situada en el ángulo NNE; es muy alta y maciza, siendo como las demás obra de tapial. Hay asimismo dos grandes aljibes situados a diferente altura. Son obra de hormigón con bóvedas de lajas de piedra unidas con mortero. Se pueden identificar asimismo otros restos de construcciones intramuros, como la de una suerte de parata situada en la parte intermedia de la subida, si bien lo más destacable son los posibles restos de una muralla interior, que posiblemente separaba la parte superior de la ladera. Quizás se trate de un recinto superior, separado del resto de la fortificación, hasta cierto punto identificable con una parte eminente o alcazaba, reservada para una función estrictamente militar, que, además está más reforzada que el resto. También podría pensarse que son restos de una fortaleza primitiva, anterior al amurallamiento de todo el espolón. En este sentido, hay que recordar que el aljibe que está en la parte más baja tiene en su hormigón restos de cerámica del siglo XI, aunque hay noticias en las fuentes desde fechas muy tempranas, que hablan de la existencia de una qarya en el siglo VIII. Esta cuestión, junto con la existencia de muros en el interior, ya mencionados, nos obliga a plantear la cuestión de la existencia de un asentamiento rural directamente relacionado con la fortaleza. En una plataforma caliza que se desarrolla al SE del castillo se ha podido hallar cerámica en su superficie. Es de la misma época que la encontrada en el interior del recinto. De todas formas, es evidente que a la llegada de los castellanos era un despoblado, porque en las fuentes escritas aparece Mecina-Tedel como alquería y Juliana como un espacio no habitado.


Estas fortificaciones interiores son claramente representativas de una época determinada, en concreto la formación del Estado islámico. Es por eso por lo que al menos la de Juliana aparece en las fuentes escritas, primero como alquería,  más tarde como castillo, aunque puede que fuese ambas cosas, sobre todo cuando se habla de la instalación de un grupo humano árabe. De todas formas, no se debe olvidar que se han recogido fragmentos de cerámicas nazaríes en otros castillos. No sólo existen en el área oriental fortificaciones representativas de ese período tan complejo de la historia de al- Andalus, el de la formación del Estado islámico, antes bien en la parte occidental las hay con similares características, sobre todo a la más compleja de Juliana.


Dejando a un lado las estructuras defensivas urbanas (alcazabas de Salobreña y Almuñécar), se debe hablar de tres husun, que de O a E son: el Peñón de los Castillejos (Almuñécar), en el curso alto del río Jate, Moscaril (Almuñécar), por encima de  Almuñécar y sobre el río Verde, y la fortificación de la cumbre de la Cuerda del Jaral (Molvízar), ya en la margen derecha del río Guadalfeo. Los dos primeros aparecen citados en las fuentes escritas, en el primer caso con cierta precisión. Aparecen mencionados en la campaña militar llevada a cabo por Abd al-Rahman III contra el castillo de Jate. Se puede identificar aquél con el citado Peñón de los Castillejos, y éste con las ruinas existentes en el Pico del Pinar de Turillas. A partir de esa expedición, los problemas  de la primera fitna terminaron en esta zona. Estos dos castillos, que en las fuentes  parecen vinculados y estrechamente ligados entre sí, eran en aquellos momentos uno de los últimos bastiones del poder de los Banu Hafsun.


El Peñón de Los Castillejos se puede dividir, para una más fácil descripción, en tres zonas  diferenciadas. En la primera y más baja, que se halla en una pendiente no muy pronunciada y rodeada por un corte de la roca, donde es posible advertir la presencia de restos de una muralla, se ven algunos muros de piedras apenas unidas por una argamasa, y se han podido recoger fragmentos de tejas. La segunda zona es la de acceso a la plataforma superior, a donde se llega pasando por varias rocas. En un estrecho paso se puede documentar una pequeña cisterna, que parecía que servía para recoger las aguas que llegaban desde la roca caliza superior, de donde mana eventualmente cuando hay lluvias. Finalmente en la plataforma superior, que  debió servir como alcazaba, por seguir empleando los términos de las fuentes, o  último reducto defensivo, se aprecian restos de dos lienzos de muralla de mampostería, que tal vez fuesen bases de muros de tapial; uno de ellos es posible que estuviera controlando y defendiendo el paso hacia la parte superior. La cerámica que ha sido recogida en superficie abarca una cronología desde el siglo X hasta el XII.


Moscaril se sitúa encima de río Verde. Es de menor extensión y complejidad que el anterior, pero de una gran importancia en cuanto a su cronología y estructura. Se diferencian dos sectores. El más visible es el que está situado en la cima que se levanta en el extremo más oriental. Allí se puede identificar un pequeño recinto delimitado por muros de piedra seca o con escasa argamasa para unirla. En su ladera S hay también restos de muros, a veces enrasados, y abundantes fragmentos de tejas, lo que puede interpretarse como la existencia de un poblado. En el otro sector se conservan muros muy arrasados que prueban que había una torre de base rectangular y de mampostería, que unía sus piedras con mortero de cal, sin que se pueda precisar si era sólo la base, como parece lo más probable, de una estructura de tapial más elevada, hoy desaparecida. La cerámica recogida en superficie sólo nos ofrece una cronología para el primero de los sectores citados, entre los siglos VII-VIII, ya que en el segundo los fragmentos encontrados son insignificantes.


El tercero de estos castillos o estructuras defensivas es el de la Cuerda del Jaral. Se halla en una de las elevaciones orientales de la Sierra de Los Guájares, cerrando por el N la vega de Salobreña. Es un reducido recinto oval, rodeado por una muralla, de las que sólo nos queda su base de mampostería y que está incompleta. Es posible que tuviese  también dos pequeñas torres rectangulares en sus extremos N y S. La cerámica de superficie va del siglo IX a comienzos del X, es decir, cuando tuvo lugar el proceso final de formación del Estado islámico en al-Andalus.


Todo estos husun tienen unas características dignas de ser puestas de relieve. En todos los casos se  abandonaron con toda seguridad en época nazarí. Ni la cerámica de superficie ni las referencias en las fuentes escritas permite pensar lo contrario. Es más, es  posible que las fortificaciones de Moscaril y de la Cuerda del Jaral tal vez fueran destruidas luego de caer en manos del califa. Hay otro aspecto sumamente importante: salvo Jate que tiene claramente un asentamiento, no es posible que las estructuras presentes permitan albergar un contingente más o menos  numeroso de población. Por si no fuera suficiente, hay que poner de relieve que carecen, una vez más con la excepción de Jate, de un elemento fundamental en  los husun-refugio: una o varias cisternas para agua, que permitían una permanencia prolongada en caso preciso.


En el siglo X, Almuñécar es considerada por las fuentes como una madina, en tanto que Salobreña no es calificada como tal hasta fechas posteriores, pero no cabe duda de que era una población destacada sobre el conjunto rural que la rodeaba Ambas tuvieron una rica vida urbana antes de la llegada de los árabes. La crisis que sufrieron en la tardía Antigüedad fue enorme y sólo pudieron tener una lenta recuperación, documentada arqueológicamente. En cualquier caso, sus respectivas alcazabas, ligadas directamente al poder político califal, tuvieron que ser determinantes en la adopción de un modelo de desarrollo del poblamiento. Se basaba éste sobre todo en las estructuras urbanas como puntos de defensa y en la existencia de alquerías campesinas sin mecanismos defensivos propios, salvo el de las ciudades. Esto no quiere decir que no subsistieran durante cierto tiempo algunos husun, como se aprecia en el caso de Jate, aunque quizás con características ya distintas.


Acién, cuya obra nos puede servir como acercamiento inicial, planteaba que durante la primera fitna en el S de al-Andalus se generaliza el encastillamiento de la población. No es un proceso que se deba de ligar únicamente a la acción política directa del Estado cordobés, sino que anteriormente ya se estaba produciendo. Hay que ponerlo en relación directa con el largo tránsito de la Tardía Antigüedad con la Alta Edad Media, que en el caso concreto de España y, desde luego, en nuestra zona, se hace más complejo por la llegada e instalación de contingentes árabe-bereberes. Poblaciones campesinas escaparon al control primero del Estado y, más tarde, de los grupos dominantes que pugnaban con hacerse con una renta extraída de ellas, rompiendo los mecanismos impositivos anteriores, que ya sólo eran un recuerdo. Se puede advertir, pues, una situación en la que diferentes estructuras sociales luchaban por conseguir una hegemonía. La situación se complica con el establecimiento de los nuevos pobladores, que introduce un elemento distinto, la formación social islámica, que terminará imponiéndose. Ésta tuvo que desarrollarse en contra de las otras. Parece que en los distintos grupos de castillos se puede entender que hay una diferenciación clara de estructuras. Ahora bien, no hay que derivar de aquí una división mecánica, sino que se marca en ellos un proceso más complejo. Así, los  asentamientos precedentes se pueden convertir en ummahat alhusun, o castillos dependientes de señores (ashab), que forman parte de grupos señorializados, en un proceso de captura de renta de las comunidades campesinas. Éstas tuvieron en algunos casos que reforzar sus propios mecanismos defensivos a partir a veces de  sus primeros asentamientos de altura, creando husun-refugios. Pero no cabe duda de que estas modificaciones no tienen una sola dirección, sino que se pueden  detectar otras muchas. Los castillos creados por el Estado omeya o por grupos próximos a él se pueden basar en estructuras precedentes o incluso podrían devenir en mecanismos defensivos puestos al servicio de los grupos más  señorializados, que no tienen una adscripción étnica, como se ha pretendido ver algunas veces, en contra de un análisis riguroso de las fuentes.

            De este modo, es posible explicar las diferencias tipológicas ya señaladas entre unos y otros husun de la zona de la costa de Granada. Se podría hablar de un primer grupo de castillos controlados por grupos señorializados y que no tardaron  en enfrentarse al Estado cordobés. Parece que puede ser el caso de Jate. Su  construcción no sólo, posiblemente ni siquiera de manera principal, debe interpretarse como una respuesta defensiva ante la acción del Estado, sino como un deseo de controlar, por un proceso lógico de concentración, a la población  campesina en su interior. Su situación parece indicada para tal fin. Dominaba una rica zona agrícola, una de las más importantes de la costa, la cuenca del río Jate, sobre cuya producción los autores árabes nos hablan a lo largo del tiempo. Pero además no debe de olvidarse la  proximidad del puerto, Almuñécar, del que comenzamos a tener muestras de cierto desarrollo urbano entre finales del siglo IX    el siglo X17, aunque en fechas anteriores estaba en funcionamiento como tal, sin que sepamos su grado de conservación, como lo demuestra el hecho de que allí desembarcara precisamente Abd al-Rahman I, el fundador de la dinastía omeya. También la ensenada de La Herradura servía como punto de desembarco, aunque hasta el presente, pese a la proximidad con respecto al Peñón de los Castillejos, no se haya encontrado cerámica anterior al mundo nazarí. Este creciente empuje de la ciudad, ha de tenerse también en cuenta para explicar que Jete siguiera perviviendo y fuese uno de los castillos que mantuvo el poder omeya tras su victoria sobre las demás fuerzas sociales que se le oponían. Se muestra en el nombramiento de gobernador en 942 en lugar de “Wari† b. cU†man b. Nuh de Jete, Salobreña y sus dependencias en favor de Sacid b. cAbdalwari†”. Es probable que los otros dos husun, el de Moscaril y el de la Cuerda del Jaral estuviesen relacionados con Jate. La posible dependencia que se puede detectar es más bien consecuencia de un proceso posterior de reducción de fortalezas y de jerarquización del espacio a partir  de una que es preminente y de  las alcazabas urbanas. Tampoco cabe desechar la idea de que la ordenación de los castillos a partir del dominio de uno sobre los demás se llevase a cabo durante el largo proceso que venimos estudiando. Una cierta vinculación a Jate se deja entrever en las fuentes árabes. Ibn Hayyan, por ejemplo, señala que se rindieron otros castillos de la zona antes de tomar Jate. Esta posible red defensiva frente al Estado cordobés no puede enunciarse como  al en sentido estricto. Es posible que el juego de las alianzas de los grupos, estructurados posiblemente en linajes, permitiese acuerdos políticos, pero no una estructura permanente. Juliana, en el área oriental, un hisn bastante complejo puede incluirse entre los castillos bajo el dominio de los ashab. La primera  referencia al castillo, no así a la alquería, ya que se remonta a la primerísima época, en concreto al siglo VIII, aparece en el Muqtabas III de Ibn Hayyan. Se menciona el enfrentamiento entre las tropas del emir Abd Allah y los defensores del castillo, del que saldría victorioso el primero. Es un claro ejemplo de una estructura defensiva que se enfrenta al Estado omeya, en proceso de  estación. Se trata de un elemento bien organizado, como se ha visto en su  descripción, que controlaría un territorio más o menos extenso, en relación con otros castillos y núcleos de población. Está, sin embargo, lejos de la zona costera occidental y posiblemente sin relación con ella. Parece que es obvio que no se  trata del mismo grupo que se fortifica en la parte occidental; es más lógico que su origen estuviera en los árabes cudries allí instalados durante el siglo VIII, a los que se refiere al-Udri, autor del siglo XI, y de la misma tribu. No debe olvidarse, sin embargo, que en torno a dicho castillo ha podido recogerse cerámica romana, que permite pensar en la existencia de un asentamiento de esa época, en consonancia con su topónimo.


En otro grupo, el de husun-refugios habría que incluir las dos fortificaciones ya citadas en la zona oriental: Olías y la Rambla del Valenciano. Numerosos datos, ya puestos de relieve, nos hablan de tal carácter, aunque hay que señalar algunas cuestiones del origen  de ambas fortificaciones. Las dos, aunque especialmente la de Olías, tienen restos de una etapa anterior a la plenamente califal. De la distribución de la cerámica de superficie se puede inferir, al menos de manera provisional, que las estructuras defensivas fueron creadas en torno al siglo X. En efecto, la cerámica califal aparece en sus proximidades, especialmente en las de los aljibes o cisternas existentes. Por el contrario, la que puede fecharse con anterioridad se halla próxima a las estructuras que se adscriben claramente al poblado. Es plausible que de una utilización como poblados en una etapa de tránsito del Mundo Antiguo al medieval, se pasase al establecimiento de una fortificación. Pero realmente no hay argumentos para precisar si tal actuación fue obra de las comunidades campesinas o de grupos ya ordenados jerárquicamente, aunque basados en el linaje y en la familia extensa, o una creación de señores. A nivel de una reflexión más profunda y, desde luego, posterior, hay que tener en cuenta que su configuración definitiva de estos enclaves como husun-refugios de alquerías ya plenamente formadas, es posterior, en concreto de los siglos X-XI. Cuando ya están asentadas se percibe una corresponsabilidad defensiva entre el Estado y los núcleos de población. Puede ser un índice del papel que tuvieron tales comunidades en su erección. En cuanto a fortificaciones construidas por el Estado no se han encontrado elementos que permitan hablar de su existencia en la costa de Granada.


Pero, de lo que no cabe duda alguna es de que el califato estableció una red defensiva apoyándose en estructuras preexistentes y es posible que incluso se construyesen algunas de menor entidad. Se percibe en la misma línea costera, mientras que en el interior no aparece sino una reutilización. Así se aprecia, como queda dicho, en el caso de Jate, del que ya hemos hablado acerca del nombramiento de un gobernador en 942, que era el mismo que el de Salobreña. En esta  última existía ya una de fortificación durante la primera fitna, como se aprecia en un texto de Ibn Hayyan, que dice lo siguiente:


            “Viajó entonces an-Nasir a la ciudad  de Salobreña, donde hizo como en los lugares mencionados, guarneciendo, con sus hombres toda fortaleza que conquistaba y cuidando de sus intereses...”.


A todo ello se añade el establecimiento en Jate de un contingente de tropas pertenecientes al yund de Damasco, documentado en el 974.

Por lo que respecta a la construcción de nuevas estructuras defensivas, se observa que hay una política constructiva, apenas estudiada hasta el presente. Se debe esencialmente al hecho de que se pueden documentar en la misma línea de costa y en las fortalezas urbanas. Ese parece ser el caso del castillo de Almuñécar, según se empieza a vislumbrar en las actividades arqueológicas que están comenzando en esta ciudad. El caso de Salobreña, sin embargo, está por analizar; sólo diremos que la excavación del Peñón, que en época medieval era un islote frente a la ciudad, ha mostrado un material cerámico de época califal, que probaría una ocupación real del mismo en tales fechas, aunque no se han detectado estructuras defensivas.



Cala de la Rijana
Además de esas alcazabas urbanas, hay que plantear los elementos defensivos que parece que se levantaron en toda la costa. La excavación de urgencia realizada en 1990 en La Rijana (actual término municipal de Gualchos-Castell de Ferro), en la parte  oriental de la costa, nos ha permitido datar entre finales del siglo X y el XI la  primeras construcciones existentes en este yacimiento. Es un edificio hecho de hormigón con abundante cal y piedra de la playa próxima, de planta rectangular. Se percibe como mínimo una división interna, pero no pudo investigarse a fondo, pues estaba en su interior prácticamente relleno. Se debe a la construcción de una torre de mampostería superpuesta a lo que ya era una plataforma, que se edificó  en el siglo XVI. Esto ha impedido saber si se trataba de una construcción defensiva tipo torre o de otras características, levantada en fechas anteriores. En realidad, la excavación se desarrolló en gran parte de la zona superior rocosa que hay entre las calas de La Rijana, al O, y de Cala del Pino o Rijanilla, al E. Pero se documentó un conjunto defensivo, una especie de pequeño castillo, o recinto amurallado, que rodeaba toda la peña, que hay que fechar en época nazarí, dentro de un proceso conocido y general para toda la costa y seguramente de gran parte del reino, que supuso la fortificación de numerosos espacios. En todo caso, pese a que no se han  podido extraer todos los datos deseables, es posible que tuviese una pequeña guarnición, posiblemente vinculada o dependiente del Estado, con el fin de poder controlar y proteger la navegación en este tramo de la costa. Ha de tenerse en cuenta que, como ya queda dicho, dos calas, una protegida del viento de Levante y la otra del Poniente, y la existencia de agua dulce casi al mismo borde de la orilla del mar, permitía que fuese un buen fondeadero para los barcos que por allí navegaban. Incluso se ha podido documentar la existencia de una estructura de época romana de planta rectangular, obra de mampostería y con un pavimento de opus signinum, que podría entenderse como una fuente dedicada a alguna divinidad. También podría cumplir esta pequeña fortificación la misión de servir de refugio a las poblaciones de los alrededores y a los hombres relacionados con las actividades pesqueras. Esto no implica que la meseta rocosa sobre la que se asienta se destinara a refugio ocasional de la población de los alrededores, en especial la relacionada con actividades marítimas. Aunque todo parece indicar que no es una fortificación inmediata al final de la fitna, y que incluso podría llevarse hasta el siglo XI, es obvio que se inserta en un mismo proceso de consolidación del aparato estatal en la zona20. El sistema defensivo situado en el interior montañoso no constituía el único, en la parte oriental, durante la época nazarí. Nos referimos a la presencia de una serie de puntos fortificados en la misma línea de costa. Se trataba de un sistema concebido desde el poder granadino para defender la costa,   no sólo ella, pues hay que pensar también en la protección necesaria a las actividades marítimas y comerciales. Estaba formado por una red de torres costeras, reformadas y ampliadas en número por los castellanos, contando, en el sector oriental, con un elemento central: el castillo de Castell de Ferro. No  disponemos de un análisis arqueológico en profundidad del mismo, ya que hasta el momento sólo ha podido realizarse una prospección de superficie. Su actual estructura da idea de sus diferencias con los husun del interior de Sierra Lújar y la Contraviesa. Aunque las reformas cristianas y el estado de deterioro en el que se encuentra dificultan un análisis arqueológico de sus restos, parece que originariamente se trataba de una gran torre (tipo donjon) destinada al acuartelamiento de un grupo militar. La cerámica de superficie lleva a proponer que su construcción no debió ser anterior al siglo XIII, si bien sólo una intervención arqueológica más detenida podrá confirmar este extremo. Por otra parte, hay que apuntar la presencia de enclaves fortificados con vistas a servir de refugio en la misma costa y también en época nazarí, como se desprende de la actuación arqueológica llevada a cabo en la ensenada de la Rijana (Gualchos-Castell de Ferro). Parece evidente que el sistema defensivo situado en la costa se superpuso al primero, aunque no lo eliminó. Ambos modelos convivieron durante la época nazarí: uno estrechamente ligado al poblamiento rural, el otro al poder granadino. La presencia de cerámicas de época nazarí en los tres castillos del interior lo demuestra claramente, si bien puede  pensarse que la fortificación de la costa se realizó en detrimento de los castillos rurales, e incluso de las mismas comunidades campesinas que los sostenían. 

     Como resumen de todo lo expuesto, puede afirmarse que el modelo propuesto a partir de los ejemplos levantinos, que recalcaba la existencia de castillos refugio para la población rural andalusí no es aplicable a todo el marco de la costa granadina por igual. Muy al contrario, los castillos rurales repartidos por nuestra área respondían en sus orígenes a modelos diferentes que, en último término, tienen su explicación en el complicado proceso de transición hacia la formación social islámica vivido en al-Andalus. Sin embargo, puede hablarse de una evolución posterior, en plena etapa islámica, que llevará a desdibujar el carácter original de algunos de ellos, como ocurre con Juliana, que al final encontramos utilizado como un husun-refugio más, o a la desaparición de otros, que es el caso de las fortificaciones levantadas en la parte occidental durante la fitna, tarde o temprano eliminadas por la consolidación de fortificaciones vinculadas al Estado islámico. Una evolución que no es ajena a los cambios apreciados en la ordenación del poblamiento en su conjunto y que ahora abordaremos a partir del análisis de los asentamientos.

(Texto extraído del artículo de Antonio Malpica Cuello “Arqueología de los paisajes medievales granadinos: medio físico y territorio en la costa de Granada”(1995) en Arqueología y Territorio nº2 pp.25-62)